Según las Naciones Unidas, cada día son asesinadas unas 137 mujeres en el mundo como consecuencia directa de la violencia machista, cada 4 minutos una mujer es violada en cualquier rincón del mundo y miles de niñas son casadas de forma forzosa cada año. La verdad es que me podría pasar páginas enteras dando cifras espeluznantes sobre la violencia que se ejerce sobre la mujer en todos los ámbitos y países, pero me voy a centrar en los datos que he dado hasta ahora.
Foto de @metooethiopia
Las mujeres no nos quejamos, como decía el documental de TV3 (De què es queixen les dones), sino que reivindicamos nuestros derechos: igualdad, respeto y, sobre todo, el derecho a la vida. Queremos vivir dignamente. Nos hemos unido todas para combatir un enemigo común; el patriarcado. No queremos seguir caminando por la calle temiendo cada sombra que la luna proyecta sobre el asfalto o la arena, no queremos que nos griten improperios por la calle, que nos acosen por las redes o nos sigan hasta casa, que nuestras parejas nos apalicen bajo la impunidad jurídica, cobrar menos que nuestros compañeros de trabajo por hacer exactamente la misma tarea, que nos despidan por estar embarazadas, etc.
No nos faltan motivos para luchar, pero a veces necesitamos una gota en el desierto para empezar la tormenta. El año 2006 la activista estadounidense Tarana Burke empezó el movimiento #metoo para luchar contra el acoso sexual y el 2017 la actriz Alyssa Milano popularizó el movimiento contando su caso y animando a otras mujeres a contar sus historias. Las redes se llenaron de miles de relatos escalofriantes de abusos sexuales y acoso. El hashtag #metoo cuenta con más de 500.000 participaciones hasta ahora.
Las estudiantes de Sudáfrica empezaron un movimiento que cuajó mejor, en su contexto, que el #metoo; #stoprapeculture. Empezó en las redes para visibilizar y forzar a las autoridades a dar una respuesta a todas aquellas mujeres que eran violadas en los campus universitarios. De las universidades se fue extendiendo a más sectores sociales, porque la cultura de la violación se encuentra en cualquier sitio y trabajo. Es un mal que aqueja todo un sistema que no es capaz de proteger a las víctimas ni castigar a los agresores, porque el sistema es el patriarcado.
Partiendo de estas oleadas de mujeres valientes que contando sus historias visibilizaron un problema que hasta entonces había sido tabú, muchas otras quisieron unir sus voces al movimiento animando a sus compatriotas a compartir también sucesos de sus vidas. Así salieron el #metoo Brasil, Argentina, China, India, etc. En enero de 2019 una página de Instagram (@shadesofinjera) inició el #metoo Etiopía para animar a las mujeres de este país a compartir sus historias. En pocas horas, muchas mujeres mandaron sus relatos de abusos.
Mi padre nos ha estado haciendo esta mierda a mi hermana y a mí durante AÑOS durante nuestra infancia, adolescencia e incluso en la edad adulta. Y cuando finalmente tuvimos el coraje para hacerle frente, él, sin pestañear, dijo simple, calmada y despreocupadamente: “… es común”.
(Testimonio anónimo)
“Misaye” me susurró usando el nombre que usaba mi familia para llamarme, haciendo que el hedor de su boca fuese hacia mis fosas nasales mientras sus dedos llegaban a su destino. Me sobresalté completamente despierta.
(Fragmento de un testimonio anónimo)
Hay muchos relatos como estos en la página de Instagram de @shadesofinjera. Muchas mujeres nos cuentan que sufrieron abusos por parte de personas cercanas; tíos, abuelos, primos, hermanos y padres. Si ya es difícil hablar de una violación, el hecho de que el daño haya sido provocado por un familiar aún agrava más la situación, ya que se vuelve un tema más tabú de lo que ya suele ser. Además tenemos que añadir las dificultades que se tienen cuando una mujer va a denunciar y la juzgan a ella en vez de al agresor.
Hace unos meses los diarios locales se llenaron de artículos sobre unas mujeres indias que se habían organizado para boicotear bodas infantiles. La India no es el único país con esta práctica, son muchos los países donde aún se arreglan bodas entre señores y niñas. Etiopía aún no ha podido frenar esta atrocidad, aunque es una práctica prohibida, las autoridades cierran los ojos ante esta vulneración de los derechos de la infancia. Cuando los políticos fallan, todas deberíamos hacer como las mujeres de la India y hacer cambios en nuestro entorno, no debemos naturalizar lo que claramente es un suceso terrible.
Desde el movimiento #metooethiopia se ha pedido en numerosas ocasiones que el gobierno etíope tome parte de esta tendencia y impulse cambios para proteger las mujeres y niñas. Ningún país debería tener unas políticas que excluyan a sus ciudadanos. Donde el patriarcado es norma, la lucha es un deber ciudadano.
Gracias a la acción de una persona preocupada por conocer todas estas vidas invisibles, muchas mujeres han podido comprobar que no están solas, que todas nos encontramos frente a un mismo enemigo y un mismo mal. A estas alturas, nuestra revolución es imparable. Como gritábamos el 8 de marzo, “el miedo va a cambiar de bando”.
Bezawerk Oliver