Doble identidad: el nexo entre la inmigración y la adopción

Hace meses que espero con expectación cada entrada de la Bezawerk Oliver en el blog de AFNE donde analiza corrientes feministas, desarrollo político y social de Etiopía en positivo. De todos sus textos el que me ha llamado más la atención ha sido Inmigración: el derribo de los muros físicos y mentales, publicado en mayo de 2019. No por la descripción del excelente papel de Etiopía en política de inmigración, ni por la breve introducción a la filosofía sobre la pertenencia cultural más que territorial, sino por el fantástico intento de asociar la comunidad adoptada etíope con la inmigrante remarcando el tema del racismo en una sola frase.

Y lo hace de esta manera: (los adoptados) «nos entristecemos con cada desgracia y celebramos cualquier victoria de Etiopía. Sin embargo, muchos sólo nos recuerda de dónde venimos el color de nuestra piel y la mirada externa que nos percibe como inmigrantes».

 

Sobrevolando Etiopía

 

Justo en el mismo momento que se publicó este artículo, presenté un trabajo en la Universidad de Kent sobre este mismo nexo que Bezawerk identifica efímeramente. El trabajo lo titulé Teorizando la evolución de la población etíope en Cataluña: el papel de los adoptados en la formación de redes de inmigrantes etíopes. Una gran parte de la investigación sobre la inmigración se ha centrado en averiguar los motivos que llevan a las personas a emigrar a un destino determinado, pero pone poca atención en el beneficio de estas redes para la comunidad local, y mucho menos para la adoptada.

El estado de Washington tiene la población etíope más numerosa fuera de Etiopía, y evidentemente de los Estados Unidos. En Europa, los países que tienen más población etíope son Alemania y Holanda. Según el Instituto de Estadística de Cataluña, en 2018 había 1.163 personas adoptadas de Etiopía viviendo en Cataluña; y sólo 107 personas adultas registradas como población extranjera (IDESCAT 2019).

Cataluña es una zona de paso porque no tiene una red fuerte de inmigrantes etíopes. Las redes de inmigrantes tienen la función de crear puestos de trabajo para los recién llegados o servir como vínculo con la comunidad local. Pero lo más interesante es que también son un medio para mantener la doble identidad. Yo creo que de este nexo entre los adoptados y la comunidad de inmigrantes etíopes no se habla lo suficiente. El hecho es que independientemente de cómo llegamos a Barcelona, ​​lo que nos une es nuestro origen y nuestro punto de destino, y la necesidad de mantener nuestra doble identidad: la etíope y la catalana (el orden a gusto de cada uno).

 

Lago Chamo, en Etiopía

 

En el ensayo de 2015 titulado ‘Tienen nuestra cultura’: Negociando migración a Bélgica, adopciones etíopes transnacionales, su autora, Katrien De Graeve, también argumenta que entender este vínculo levanta el estigma social sobre el inmigrante y sitúa los adoptados en un discurso más sincero sobre qué significa ser un ciudadano educado entre dos culturas y que representa navegar por un sistema que es racialmente y culturalmente homogéneo.

Antes de escribir mi trabajo asistí a clases sobre diferentes teorías de inmigración. Coincidiendo que en el aula había alumnos de todos los continentes y teniendo en cuenta que cada país tiene sus propias leyes de inmigración, a cada alumno se nos pedía hacer una aportación al debate de la clase. A mí, por mi color de piel, se me pidió que diera un ejemplo de África, al igual que a mis compañeros y compañeras de origen africano. Yo contestaba diciendo que era de Barcelona y que respondería cuando fuera el turno de los ejemplos europeos. Sentí vergüenza. Me hicieron ver la poca pasión que he mostrado en entender mejor la política de mi país de origen en un tema que me afecta directamente. Tanto la comunidad adoptada como la inmigrante parecemos forzados a renunciar a nuestra cultura de origen a cambio de una integración pura e inmediata. Para los inmigrantes, la asimilación cultural es un proceso lento. En cambio, para nosotros los adoptados, es un proceso vertiginosamente rápido porque no nos podemos beneficiar de una red social que promueve y mantiene la cultura y la lengua viva.

Un amigo me contó que una tarde, cuando regresaba de tirar la basura en Barcelona, ​​un policía lo paró, le preguntó qué hacía tan tarde en la calle y le pidió el DNI. No lo pararon porque hubiera tirado el vidrio en el contenedor del plástico; lo pararon claramente por su color de piel y porque podía ser un inmigrante africano sin papeles.

Chicos adoptados como mi amigo (curiosamente les pasa más a los chicos que a las chicas), vuelven a pasar un segundo test de integración social justo al entrar en su etapa joven. Yo utilizo este ejemplo como caso extremo donde la identidad catalana se utiliza (desde el punto de vista del agredido) como una capa que puede ocultar la identidad que está causando problemas, pero que claramente falla en su propósito.

Los jóvenes adoptados hemos empezado a ver que, sin entender y aceptar el valor de nuestra doble identidad, los actos racistas alimentarán la rabia. Queremos estar orgullosos de ser etíopes y catalanes a partes iguales. El color de nuestra piel es la imagen de nuestro pasado pero también de nuestro presente: nunca dejaremos de ser africanos por más europeos que seamos.

El artículo de Bezawerk me llamó la atención por la connotación negativa que existe aún cuando se intenta acercar la adopción y la inmigración en un mismo debate. Como en Cataluña los adoptados superamos en número (y de largo) la comunidad de inmigrantes de nuestro país de origen, el debate en positivo es aún más necesario. Porque nosotros somos los pioneros. Nosotros somos la base de la red de etíopes en Cataluña. Somos un caso de estudio bastante excepcional.